Y punto. Blog de Mercedes Castro

Odio los lunes. Y los tacones. Llevo pistola. Y me salto las normas cuando me da la gana.

Mi candidato.

Publicado a las 12:00 de 10/3/2008

Etiquetas: Y punto., candidato

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Rodolfo

Mi candidato tiene acento argentino y va en vaqueros, habla un poco raro y jamás lleva corbata. Mi candidato es humilde y modesto, y todo esto de los vídeos promocionales en el fragor de la campaña y los baños de multitudes en La Castellana le venía un poco grande. Lo sé, lo noto, lo siento.

Pero ya lo decía mi abuela: vale más caer en gracia que ser gracioso, y mi candidato está tocado por la fortuna, que es caprichosa y hasta, a decir de algunos, odiosa. Por eso mi candidato ha ganado. Y bien merecido que se lo tenía.

Mi candidato sudó la camiseta, y la perilla, y repitió hasta la saciedad su discurso con coherencia sin igual. Mi candidato estrechó manos y besó niños como el que más. Mi candidato soportó lo duro del proceso, y las primarias, y las votaciones previas, y todo lo que hiciera falta.

Y venció aunque hubo algunos que se lo tomaron a broma, que le sugirieron en el medio de la votación que, por respeto a otros aspirantes, se retirase. Que si lo suyo no era amor a la música. Que no era serio. Que no merecía, en definitiva, estar ahí.

Pero aguantó el tipo, y no se mosqueó por las críticas, soportó el chaparrón y supo callarse a pesar de que todos daban como favorito a otro que, yo lo vi sentada en mi sillón, bien creído se lo tenía, bien soso era, bien inflado estaba, buena leche se metió.

Tal vez por eso, cuando se supo el veredicto del pueblo soberano tras el recuento de los votos, hubo partidarios de otros candidatos que le abuchearon, que gritaron ¡Tongo! ¡Tongo! faltándole al respeto a la democracia y a la nación, que se quedaron con un gesto hosco en la cara, con un rictus amargo que no supieron disimular ante las cámaras.

No importa, muchos otros lo felicitaron, y salió a hombros, y a su madre se la caía la baba, y hasta vi asomar a sus ojos una lagrimilla fruto de la incredulidad o de la emoción.

Espero que gane allá en Belgrado, que arrase, que su tema se convierta en la nueva Macarena, en la canción del verano, que le dé en las narices con su mini guitarra eléctrica a los que le tacharon de fantoche, a la momia Rafaella que le vino a preguntar si no le daba vergüenza, al desfasado Uribarri que se negó a reconocer su triunfo apelando a su falta de altura musical, al deshonor que suponía para España que nos representara en Eurovisión.

Ellos sí que son chiquilicuatres.

A mí me representa, y mucho, y por primera vez en muchos años voy a tragarme entero, sólo por él, el festival de Eurovisión.

Que viva el Chikichiki, y Rodolfo, y sus votantes, y la madre que lo parió.

Quién da más.

Publicado a las 07:00 de 07/3/2008

Etiquetas: Y punto., sueño, feria,

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Imagen de un mitin

No quería hacerlo, pero no queda otro remedio. Estamos a viernes, el domingo votaremos y, aunque lo he intentado con todas mis fuerzas, creedme, al final no he podido escabullirme y dejar pasar ese día sin hablar del tema.

Pero no me internaré en difíciles meandros sobre política internacional, moralidad o ética difíciles de vadear. Mejor no, que me mareo.

Lo único que quiero contar es que ayer por la noche tuve un sueño. Y no soñé con una niña, no, ni con la utopía de la paridad de géneros, ni con un país mágico y feliz donde no existiera el paro ni la bajada de precios ni los matrimonios de hecho. No. Soñé que paseaba por una feria como las de mi infancia, una de esas ferias como de pueblo con norias pequeñas desde cuyo punto más alto no se veían rascacielos, y puestos de algodón de azúcar, y tenderetes que vendían collares de plástico, y pendientes de gitana, y pulseras de colores y relojes de pega con manecillas que tenía que mover una misma, con las uñas mordidas pintadas de fucsia rabioso, cargadas con capas torpes de esmalte desconchado robado a mamá.

En esas ferias siempre había puestos de rosquillas rubias y morenas, y un señor que vendía el pirulí de la Habana con un mono pequeño encaramado a su hombro, y otro que vendía pollitos piadores pintados de colores y, por supuesto, también había tómbolas y los charlatanes, amos del negocio, llamaban a los paseantes, desde uno y otro lado, para despertar nuestros bolsillos y captar nuestra atención.

¡Que sale el perrito piloto, señores, qué alegría, qué alboroto!

¡Que subimos el sueldo mínimo!

¡Que regalamos las pensiones!

¡Que nos quitan de las manos el IPC de tan barato que lo dejamos!

¡Que regalamos dinero por cada niño que nazca, y le llevamos gratis a votar, y le mandamos una foto dedicada por nuestro líder, y le damos el desayuno si no se abstiene y es de los cien primeros en aparecer por su mesa electoral!

¡Venga, señores, voten, que se acaban las oportunidades, que sólo tiene una ocasión cada cuatro años para apoyarnos, hágalo y no se arrepentirá!

Pero lo más triste de las ferias era el día después, pasear por esas mismas calles, sólo una noche antes hermosas con sus pasquines y sus colores, con sus carteles brillantes y sus sonrisas de postín que te regalaban el cielo a cambio de que eligieras su papeleta en la feria multicolor donde todo se compraba y se vendía.

Esas mismas ferias, sólo un día después, con los carteles medio rotos y los puestos por desmantelar y los charlatanes ojerosos y cansados, vencidos por el esfuerzo realizado sólo una jornada antes, ya no eran un viaje onírico a la infancia y la felicidad.

Nunca quería volver al día siguiente a la feria cuando era pequeña. Me asustaba ver en qué se quedaba toda esa alegría nada más terminar el espectáculo.

El viaje onírico de colores se había convertido en pesadilla.

Ypuntovisión.

Publicado a las 10:48 de 05/3/2008

Etiquetas: Y punto., Berto

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Berto

Un nuevo amor arde en mi pecho.

Sí, lo sé, soy consciente de que, hasta ahora, era plenamente fiel a Tony, a mi Soprano favorito, aunque fuera el nuestro un amor a distancia y él, para mi vergüenza debo confesarlo, un hombre casado y católico, apostólico, supersticioso y temeroso de Dios.

Pero lo nuestro no era posible y, además, una es pequeña, y débil, y nada puede hacer, como diría Mecano, contra la fuerza del destino. Son las cosas de la vida, son las cosas del querer, que no tienen fin ni principio ni tienen cómo ni por qué, otro se ha cruzado en mi vida y no hay más que decir que adiós, Tony, adiós.

Siguiendo con los temas músico-vocales, es posible que algún lector desavisado haya caído por casualidad en este blog, tal vez, quién sabe, y se pregunte, entre sorprendido y abrumado: ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró usted? ¿De dónde es, a qué dedica el tiempo libreee?

Se llama Berto, y es joven y por tanto mucho más potente, dónde va a parar.

Al contrario que Tony, que no tenía mucho sentido del humor, a qué negarlo, mi Berto me ha conquistado por la carcajada en el programa de Buenafuente. Ya lo dijo Jessica Rabbit, qué hembra más sabia, cuando le preguntaron por qué quería a su marido el conejo, ridículo a la par que feo: «Me hace reír», respondió.

Yo con mi Berto es que me parto, me troncho, me mondo, me desmeleno.

No importa que sea un poco alfeñique, como sé que diría mi abuela si le viera.

Me da igual que no vivamos en la misma ciudad. Que yo le contemple absorta todas las noches y él ignore mi existencia, que no responda a los besos que le lanzo a su casita, a esas cuatro paredes en que vive y que son los bordes de mi televisor, paso de que mis amigas me digan que es feo, que vaya nariz, que es más joven que yo, que se le ve alocado y por tanto inmaduro y no querrá formar una familia conmigo, ni llevarme al altar, ni pagarme los taxis, o las cenas o la pedicura o un gran diamante que dé constancia de nuestro amor.

Yo me conformo con brillantes chiquititos, y la juventud es sinónimo de vigor sexual, y la nariz es indicativa, también, de potencia sexual e inteligencia sin igual, y la fealdad, por si no lo sabéis, materialistas, es un valor relativo.

Su ingenio me abruma, me asombra, me exalta, me altera.

Le pondría un piso, le ungiría los pies, me postraría ante él.

Y lo peor es que su indiferencia no hace más que enardecerme.

Ya sé, le mandaré un regalo.

Qué buena idea, ya lo tengo: un ramo de flores, y un dvd también, para que vea que soy cinéfila, y culta, y leída. ¡Si hasta he escrito una novela!

Mi película favorita es Atracción fatal.

Si me responde y me dice que también le gusta sé que seremos felices.

Sí, será una señal.

No se vayan todavía.

Publicado a las 07:00 de 03/3/2008

Etiquetas: Y punto., eufemismo

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Cementerio

Siguiendo con el tema de los eufemismos, que me fascina porque no en vano su uso no consiste más que en retorcer y darle la vuelta a las palabras hasta hacer parecer que expresan exactamente lo contrario de lo que quieren decir en realidad, algo por lo que cobramos los editores, los escritores y hasta los publicistas (aunque ellos seguro que cobran más, dónde va a parar), desde que publiqué el post anterior algunos amigos me han hecho llegar ejemplos mucho más depurados que los que yo utilicé en torno a los sex-shops, y cuando me refiero a ejemplos más depurados quiero decir con ello que son mucho más sibilinos a la par que malvados, sobre todo por imprevistos.

Me explicaré: el eufemismo existe desde siempre aunque ahora parezca que, con la oleada de corrección política que nos invade en los últimos tiempos, esté más en boga que nunca. Siempre han existido palabras feas y conceptos desagradables, siempre ha habido una moral bienpensante que vendaba las patas de las mesas por considerarlas impúdicas, como se hacía en la Inglaterra victoriana aunque, curiosamente, en esa época la prostitución infantil, por ejemplo, se cotizara más que nunca.

Y, donde existan feas realidades desagradables a los ciudadanos de bien, se crearán bonitas palabras para enmascarar la ruina y hacernos ver que lo que no se dice, sencillamente, por el mero hecho de no nombrarlo, no es. Por eso para conceptos como prostitución u homosexualidad, siempre relacionados con el sexo, algo feo, algo sucio que exigía confesión, ha habido infinidad de palabras más o menos biensonantes que aliviaran a los castos oídos de tener que escuchar de labios de alguien el decir "puta" o "maricón", aunque no necesariamente de requerir sus servicios o practicar sus hábitos.

Pero es que ahora el eufemismo alcanza también a la política y, lo que me llama mucho más la atención, al entorno laboral.

Pensémoslo bien: ¿qué es un "director de recursos humanos" más que alguien que contrata o despide gente? ¿Qué es una "política de depuración empresarial" (que me trae reminiscencias, sin ir más lejos, de cámaras de gas) más que una tanda de despidos? ¿Qué es eso de "maximizar recursos" y "minimizar costes" más que deshacerse de las "personas" de más edad que por su condición para los ojos de los gestores rinden poco o hacer trabajar el doble a los que se quedan?

Al hilo de este tema, una amiga me comentó hace poco que, tras ser despedida, un colaborador que no estaba al tanto de la noticia llamó repetidamente a su empresa preguntando por ella. Como lo que no se dice no existe, a su sustituta no se le ocurrió mejor idea que decir que: "Fulanita, lamentablemente, ya no se encuentra entre nosotros", con lo que el pobre colaborador se llevó un disgusto porque pensó que mi amiga había muerto.

En fin, bien mirado, para la muerte también se usa, en el reino de los eufemismos, la expresión "Pasar a mejor vida", y puedo garantizaros que mi amiga, sin duda, está mucho mejor en su nuevo empleo, dónde va a parar.

300 millones (parte Two).

Publicado a las 07:00 de 29/2/2008

Etiquetas: Y punto., ganadora

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Juan Cruz, conectando por primera vez con el ganador del Premio Alfaguara

Algún lector del blog, que parece ser que sí los hay, me ha llamado exagerada por opinar que escribir un libro, y que éste reciba un premio, y que el premio sea de tal envergadura que, apoyado por su bestial promoción puedan leerlo potencialmente millones de lectores no es para asustarse, es para empezar a pegar botes y no parar.

Lo cierto es que en parte estoy de acuerdo. Vale, sí: todo el mundo escribe, entre otras cosas, para que le lean, y la plataforma de un premio, como en este caso el Alfaguara, te haría llegar a una cantidad impensable de lectores que, saliendo como Y punto., en plan primera novela y en una fecha en que, además de la cuesta de enero, los pesos pesados campan a sus anchas, como Harry Potter, Ken Follet o Noah Gordon o la madre que los parió (que me acuerdo de ella todos los días, no se crean) en principio no alcanzaría mi novela.

Luego, que no se me olvide, está el aliciente del montante del premio, y la garantía de saber que nada más pisar la calle tu novela será reseñada en todos los suplementos literarios en el primer fin de semana y merecerá un puesto de honor en las mesas de novedades. Sí, todo precioso.

Pero, si he de ser sincera, no sé por qué el lunes, sentadita en mi mesa con mi vestido de las rebajas de Zara y muchos otros escritores cerca, algunos babeantes, otros con la mirada del que ya sabe lo que es haber sido premiado y, lo más importante, haber sobrevivido, no sé por qué, no acababa de verme en el lugar del premiado, y me daba respeto, y le admiraba por su valor para enfrentarse a lo que se le va a venir encima, y me sentía afortunada con mi anonimato, con la libertad que me da, con mis pocos lectores, no millonarios pero sí enfervorizados, militantes de Y punto. hasta el final, contentos cuando escriben un comentario en cualquier blog porque te han descubierto, porque les hablas desde la novela en susurros a tu oído, porque no gritas desde una valla publicitaria, o desde un anuncio en la tele, o desde una recepción oficial con cualquier político al lado.

Ya sé que se pueden ganar carreras a zancadas, ya sé que el que no se consuela es porque no quiere, ya sé que por qué sería preferible ir despacio a correr, buscar el boca-oreja del lector y no el altavoz de ganar un concurso con más de quinientos participantes y ser elegido entre todos ellos por un selecto jurado. Ya lo sé, sí, de verdad que lo sé.

Mal de muchos (los perdedores) es consuelo de tontos. Pero con todo yo no dejo de sentirme ganadora. Tengo quien me lea, qué coño, ya he triunfado.

300 millones (parte One).

Publicado a las 07:00 de 27/2/2008

Etiquetas: Y punto., Premio Alfaguara, comida, gratis

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Juan Cruz, Ángeles González Sinde, Ignacio Polanco y Sergio Ramírez, en el Premio Alfaguara

Hay que ver lo que puede la técnica, oyes, lo lejos que puede llegar uno con una novela, y casi sin darse cuenta.

Estoy en estado de shock, lo admito, y es que claro, como yo me organizo lo mío con Y punto. al estilo casero, cuando me topo con el lanzamiento de un libro en plan superproducción de Hollywood pues lo flipo, como no podía ser de otro modo y, cual Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí, me siento obligada a contarlo del mismo modo que lo haría él al regresar a su pueblo. El buen hombre sentaría a todos sus vecinos en torno a una lumbre, cortaría sus buenas lonchas de chorizo y, regándolas con vino peleón y rebanadas de pan de hogaza, le diría a los paisanos boquiabiertos: "No os podéis imaginar lo que he visto".

Pues eso, queridos y tal vez inexistentes lectores, yo también hago mía su expresión y me siento en obligación de proclamarlo: He estado de cuerpo presente en el fallo del XI Premio Alfaguara de Novela y no os podéis "ni de imaginar" lo que he visto.

Lo primero, y para mí muy importante, es que para hacer público el fallo organizan una comida. Puede parecer una chorrada, pero recapacitemos sobre ello: ¡dan de comer!

Hay que tener en cuenta que los artistas, los cómicos (como ya dijo Bardem) y los bohemios somos todos gente de mal vivir y, por tanto, mal alimentados, y tal vez por ello en esta ocasión, como había manduca de por medio, el acto estaba hasta los topes. La gente de marketing, la de prensa y hasta los editores de Alfaguara, algunos incluso con corbata, insólito caso, y otras con unas chaquetas amarillas la mar de pintureras, no daban abasto recibiendo autores de fuste, periodistas y mucha más gente que no sé quiénes eran pero iban muy elegantes. Yo, con mi vestidillo de Zara comprado en las rebajas, me sentía algo diminuta, y casi ni me atrevía a entrar, pero en un momento dado, justo cuando estaba a punto de darme la vuelta para largarme a mi casa, recapacité y me dije, con el tono de voz que emplearía mi madre: "De eso nada, Mercediñas, tú te quedas, que la hora larga de reconstrucción, chapa y pintura que le has dedicado en el baño a tu cara tienes que amortizarla".

Y entré, y me alegro de haberlo hecho, porque ya dije que daban de comer gratis y además porque gracias a ese rapto de valentía pude presenciar todo lo que estaba por venir, y es que tras la comida, para mi asombro, se subió al estrado un maestro de ceremonias que nos comunicó a los presentes que el fallo se efectuaría, gracias a los avances de la técnica, en vivo y en directo no sólo a la prensa y al público presentes sino también a los internautas, que podían seguir el acto a través de la Red, y que contarían con conexiones con Colombia, México, Argentina y no sé cuántos países más además de con Miami, que es donde estaba el galardonado.

Yo me dije: ver para creer. Y en cuanto empezó la cosa y después de felicitar al premiado y ver su cara de no creérselo, empezaron a caerle preguntas como ladrillos desde Madrid, desde México, desde Buenos Aires, no sé por qué, pero me acordé de aquel programa que daban cuando éramos pequeños y sólo había dos canales. "300 millones", se llamaba, y salían siempre unos cantantes con trajes muy raros y acentos que, para nosotros, eran de lo más exótico.

Pero, ojo, no es para tomárselo a coña, imaginemos que sólo la tercera parte de esos trescientos millones potenciales se agencia el libro. Vaya chollo, amigos, y, por otra parte, así comprendo la voz temblorosa que nos llegaba desde Miami: qué miedo.

Eufemismos.

Publicado a las 10:16 de 25/2/2008

Etiquetas: Y punto., sex - shop

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Sex - Shop

Iba el sábado paseando por la calle Atocha con la falda almidoná y el grelo en el ojal y me fijé en un letrero que, a la altura del número 80 y para más INRI en la acera de enfrente de un convento, uno de los de clausura donde se encuentra, además, la tumba de Cervantes, lo que no deja de ser irónico, anunciaba con luces de neón un local muy vistoso poblado por señoritas igualmente vistosas que hacían acrobacias la mar de vistosas ligeras de ropa en torno a una barra metálica.

Cualquier lector despistado y desavisado que pulule por este blog por casualidad pensará que me refiero a un sex-shop o, ya que el diccionario de la Real Academia de la Lengua no recoge el término (lo que no me extraña por otra parte porque no me imagino yo a casi ningún académico de ésos de 180 años frecuentándolo para documentarse sobre el término, aunque visto por otra parte tampoco les vendría mal), a una "tienda en la que se venden artículos eróticos o que ofrece servicios relacionados con el erotismo o la excitación sexual", como reza la entrada del Clave, un diccionario de uso del español actual que, por lo que se ve, está algo más cerca del lenguaje de la calle.

El caso es que las letras de colorines y luces brillantes no anunciaban el negocio con esas palabras, no, nada de "sex-shop" (que es un anglicismo que no admitiría don Víctor García de la Concha ni aunque tuviera a la Muerte de frente), habrán pensado los dueños del local, y mucho menos pongamos "tienda sexual", bajo ningún concepto, no vaya a ser que se nos confundan las marujas y entren aquí a por criadillas o rabo de toro, que para eso pone en la puerta que nos dedicamos a los ultramarinos de la entrepierna.

No, lo que yo leí con estos ojitos que ahora se achican ante la pantalla del ordenador era "centro erótico". ¿A que es fuerte? A mí me lo parece. Habrán visto en algún sitio, en un hotel mismamente con salas de reuniones y conexiones adsl que éste se hace llamar "centro empresarial", o "espacio reservado para la gestión individual de los negocios" y habrán dicho: pues nosotros también, que lo de "centro erótico" siempre quedará más fino, más aséptico, más internacional.

Pues claro que lo parece, totalmente internacional, y elegante además, como todo lo que se rodea de eufemismos para hacer más selecta, más sibarita y especializada una tarea de lo más habitual, de lo más vulgar.

¿O acaso no es así? Ya que las señoritas "ejercen la vida pública", ya que lo mismo tratan con "gente de color" que con "usuarios de la otra acera", ya que sus chulos son "administradores del deseo ajeno" y la trata de blancas es "importación-exportación de profesionales del amor prepago", ¿por qué no decir que un sex-shop es un "centro erótico"?

Por supuesto que lo es, y mi Tony Soprano, que trabaja en el negocio de la recolocación de basuras, no es más que un cliente vip que vegeta sobre el Bada Bing!

Luego dicen que ya no hay espacio para los poetas. Vaya si lo hay: son los que enmascaran esta sordidez y consiguen que, cegados por los neones, los viandantes pasemos ante ellos sin escandalizarnos por lo que dicen y lo que ocultan en realidad.

Muchos autores dicen que les cuesta poner títulos a sus obras.

Compañeros, nuestros males están solucionados: contratemos a estos poetas postmodernos. Seguro que vendemos libros como churros.

Apostaría mi pellejo.

Más madera.

Publicado a las 07:00 de 22/2/2008

Etiquetas: Y punto., comisaría, policías

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Playmobil anarquista y policia

Me llaman del Departamento de Prensa de mi editorial, resulta que una televisión autonómica quiere hacerme una entrevista. «Genial», les digo, «La tele da muchísima visibilidad».

Mi interlocutora, se lo noto, se queda con ganas de responderme que lo de la visibilidad es obvio, máxime tratándose de la televisión, pero entre que ella se calla y yo me entiendo nos quedamos las dos tan contentas por esta nueva oportunidad de vender mi moto. «Yo hago lo que haga falta», le aseguro para concluir, intentando mostrarle todo mi entusiasmo. «La entrevista será cuando quieran, como quieran y donde quieran».

No sé por qué seré tan bocas. «Para qué hablas, Mercediñas», estaría diciéndome mi madre, que es la voz de la razón. «A ver, para qué hablas».

Resulta que al día siguiente la redactora responsable de la entrevista, tan maja, tan natural, se pone en contacto conmigo y me dice, toda simpatía, que pasará a recogerme un coche de la cadena que me llevará a un barrio de las afueras porque han conseguido que una comisaría de policía, muy moderna y recién inaugurada, les dé permiso para rodar la entrevista en sus dependencias.

Acepto, no voy a quedar de impresentable ahora, pero no las tengo todas conmigo al día siguiente, cuando me subo al Mercedes que pasa a recogerme, y en cuanto veo que cogemos carretera y manta, atravesamos descampados y asumo que la moderna comisaría esta MUY, pero MUY a las afueras, todavía menos.

Es que quién me manda meterme en estos embolaos, una cosa es escribir una novela de policías y poner a algunos de machistas, de brutos, de insensibles, y otra pintarme la raya del ojo para quedar bien ante las cámaras y meterme directamente en sus dependencias rezando por dentro porque ninguno de ellos haya leído la novela o, al menos, no la haya hecho nadie de su entorno y les haya contado lo mal parados que salen por momentos.

Pero parece que no. Me reciben en la puerta muy amables (pero eso es porque los periodistas ya han llegado y tienen cámaras que podrían inmortalizar sus gestos, pienso, paranoica hasta la médula), me dejan subirme a una de sus lecheras para hacer parte de la entrevista (pero sin esposas, ésas ya me las pondrán después cuando se vayan los de la tele, me reconcomo), me dejan posar, como si fuera una delincuente, delante de la pared blanca donde fichan a los delincuentes (será para que me vaya acostumbrando, fijo, se me ocurre mientras empiezo a sudar, aunque parece que nadie lo nota), y hasta me preguntan por mi novela, y me piden el título y uno de ellos, ávido lector, me dice que en cuanto acabe con un libro de autoayuda sobre la felicidad que tiene entre manos, se comprará Y punto. y se la leerá con gusto (hay que ver qué hipócrita, refunfuño en silencio, ¿y eso cuándo será, antes o después de recriminarme que me meta con su gremio?).

Para mi sorpresa, nadie me insulta ni me echa en cara haber escrito sobre ellos. Me tratan con suma amabilidad y cortesía, me acompañan hasta la puerta cuando me voy, casi corriendo, a otra entrevista en la radio que tenía comprometida, y hasta me plantan dos besos algunos de ellos, todos cariñosos y dispuestos.

Hay que ver qué desconfiada, que malpensada soy, me autoinculpo en el coche mientras regreso a Madrid.

Cuando estoy a punto de salir de la emisora me dicen en conserjería que, mientras estaba en antena, un cabo de la comisaría ha llamado para decir que me he olvidado una chaqueta que me quité en sus dependencias porque el color no daba bien ante la cámara. Me ha dejado un número de móvil y cuando le llamo se ofrece a acercármela hasta mi domicilio.

Una imagen pasa entonces fugaz ante mis ojos, la de un coche de la madera ante mi puerta y un agente hablando con mi portero, los dos poniéndome a parir por la mala cabeza que tengo.

«Muchas gracias, pero mejor me acerco yo hasta su comisaría» le digo.

Con todo, sigo pensando que es mejor que no sepan donde vivo. Algún día leerán la novela y entonces, lo sé, estaré en peligro.

La lectora.

Publicado a las 07:00 de 20/2/2008

Etiquetas: Y punto., enmascarada, lectora

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Leyendo

Sorprendida y un tanto incrédula, me he echado a la calle para comprobar en vivo y en directo que Y punto. se vende.

No es que desconfíe de la directora editorial, faltaría más, una no puede sino creerse todo lo que le cuente alguien de Bilbao, pero es sabido que los paisanos de este lugar tienden a exagerar y he de aclarar que yo, además de gallega, soy de la estirpe de Santo Tomás. Es decir: tengo que constatarlo.

Así que me vestí discretamente y, enmascarada tras una gabardina, un sombrero borsalino y unas gafas oscuras y, por tanto, mucho más cercana en mi apariencia al inspector Clouseau que a una autora multivendedora, me dirigí hacia una de esas grandes cadenas con enormes librerías en su planta baja a verificar por mí misma no sólo que existe gente que compra libros sino incluso que, en un hecho inaudito fuera de precedentes, se decantan por el mío.

Nada más llegar sufrí la primera decepción. Me paró una señora muy enseñorada para preguntarme si, tras las gafas oscuras, se encontraba Ana Obregón de incógnito y podía firmarle un autógrafo, hágame el favor, que mi marido ha sido siempre muy fan de "Ana y los 7".

-No, señora, yo sólo he escrito un libro -le contesté.

-¿Y tan malo es que necesita esconderse? -me preguntó, toda ingenuidad.

Opté por mandarla de vuelta a "Escenas de matrimonio" o, más razonablemente, por explicarle que temía ser reconocida por las hordas de mis lectores, pero en un ramalazo de inteligencia inusitado en mí comprendí que la buena mujer estaba cargada de razón: los novelistas no son perseguidos por su público y yo, por supuesto, mucho menos.

Me quité el sombrero y las gafas y ya estaba por irme a casa con el rabo entre las piernas cuando la vi. Sí, allí estaba, pidiéndole al encargado mi novela. Era mi lectora.

Tenía dos niños pequeños y un marido un poco de vuelta de todo, o tal vez sorprendido por el ansia con que la mujer solicitaba mi libro. El encargado se dio una carrerita hasta donde estaba yo y, justo delante de mis narices, agarró un ejemplar de Y punto. como si fuera un balón de rugby y se lo entregó a ella. Ésta dejó a uno de sus niños en el suelo, lo apretó contra su pecho y, sólo después de detenerse un instante en una enorme sonrisa, lo dejó sobre el mostrador de la caja y se dispuso a pagarlo.

Se fue muy contenta, lo vi -escondida tras una columna- en su cara. Con su marido y sus dos niños tras ella un poco a remolque, un poco alucinados porque vaya capricho tonto que le ha dado a mamá un sábado por la tarde con ese novelón que no suelta bajo el brazo, y no me atreví a detenerla para ofrecerme a firmarle su ejemplar por pudor, por vergüenza y por temor a no estar a su altura.

Hace mucho tiempo que no me emociono cuando compro libros, y tuve un poco de envidia de su ilusión, de su generosidad. Y miedo también. No quise romper el momento, no quise quitarle protagonismo, no quise arruinar el encanto.

Qué podía ofrecerle. Yo sólo soy una tonta que un día se sentó a escribir un libro.

Ella es una lectora, mi lectora, y creo de verdad que no merezco tanto.

Dos.

Publicado a las 07:00 de 18/2/2008

Etiquetas: Y punto., cuento, lechera

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Lechera

Yo esto del Y punto. me lo organizo en plan casero, al estilo la cuenta de la vieja, y claro, así me llevo los sustos que me llevo.

A ver, sé que las previsiones de uno se pueden organizar de muy diversos modos:

Al estilo "La lechera", por ejemplo, haciendo las cuentas a lo grande y proyectando el castillo escocés que me compraré cuando los del Departamento de Derechos de Alfaguara me remitan los billones que podría cobrar por las ventas de la novela.

También podría montármelo en plan "Juan sin Miedo", vendiendo tres pero contando que han sido trescientos, a ver si así consigo convencer a los demás de lo mucho que vale la pena el libro y moviéndolos, a su vez, a comprarlo también.

Incluso, si me apuran, podría inventar un plan maestro al que llamaría, por ejemplo "El libro nuevo del rey", que consistiría en adquirir mi propia novela en algunas de las librerías que computan en las listas de los más vendidos para así hacer engordar el fenómeno y auparla hasta las cabeceras de las mesas de los grandes almacenes culturales y los top ten en papel impreso. Por cierto, esto no se lo tomen a broma, conozco a algún poeta (y a dos y a tres) que han hecho lo mismo con sus sonetos y consiguieron mantenerse muchos meses en el number one.

Pero no, yo voy contando con los deditos y echando las cuentas con mis propias manos pensando que mis cinco amigos más mis cuatro parientes más mis siete excompañeros del trabajo hacen en total dieciséis y sus madres treinta y dos y ánima bendita me arrodillo yo, como decía la canción infantil.

Por eso me llevé el susto de mi vida cuando me llamó hace unos días la directora de mi editorial para hablar seriamente conmigo.

"Ya la fastidié", pensé, "Seguro que he metido la pata y en alguna entrevista he hablado más de la cuenta. Si es que no tengo remedio, si es que soy una novata, si es que la estoy pifiando a cada rato".

Sin embargo, oh Aleluya, su tono no era serio por una bronca a punto de nacer sino emocionado por la alegría (y seguro también que por un poco de sorpresa, a qué negarlo) de comunicarme que, en menos de un mes y sin padrino que me bautice ni perrito que me ladre, ya vamos por la segunda edición.

Y aquí estoy, todavía sin acabar de creérmelo y contando con los dedos, una vez más, repasando las cuentas porque no me salen. No conozco a tanta gente y ni siquiera mi madre ha podido chantajear a tantos incautos, eso está claro.

Quizá, quién sabe, tenga algo que ver en esto mi Tony Soprano.

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Mercedes Castro

Mercedes Castro Díaz (Ferrol, A Coruña). Licenciada en Derecho, siempre ha trabajado en el sector editorial, en el que ha desarrollado casi todas las funciones. Ha publicado relatos en diversos volúmenes colectivos, una antología bilingüe de Rosalía de Castro (2004), una edición crítica de la obra de Pérez-Galdós, Trafalgar (2001) y el poemario La niña en rebajas (2001). Y punto. es su primera novela publicada y el fruto de nueve años de trabajo. + info

La novela.

portada de Y punto.

Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final. + info

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