De mi blog al tuyo, Agustín. Siempre he pensado que si alguien comprara mi libro me gustaría saber la historia que lleva. Espero que te guste.
Por fin he ido a recoger el libro que había encargado hace dos meses. De camino me he cruzado con un viejecito de cara simpática. Cuando estaba cambiando mi rumbo para ponerme en la parte de fuera de la acera y dejarle a él junto a la pared, me ha mirado y ha dicho: “No, no, no, reina. Las mujeres siempre van por dentro”. Se puede tener ochenta años, la cadera destrozada y seguir siendo un galán. Sonrío y acepto seguir caminando junto a la pared. Llego a la libreria, me disculpo por haber tardado tanto en ir a por el libro y me devuelven una bolsa de papel con “Nocilla Lab” de Agustín Fernández Mallo dentro. Al salir y haber recorrido unos tres metros me doy cuenta de que he perdido el broche que cierra mi bolso. Imperdibles. JÁ. Me doy media vuelta y veo en el suelo mi broche-flor. Lo recojo y pienso en ese poema de Julio Cortázar que dice “...como yo te presiento a la distancia en tu ciudad, volviendo del paseo donde quizá juntases la misma florecita, un poco por botánica, un poco porque aquí, porque es preciso que no estemos tan solos, que nos demos un pétalo, aunque sea un pasito, una pelusa. ”. Julio, a mi flor no se le pueden arrancar los pétalos, pero creo que es mejor así. Siempre me dio miedo que en vez de un Sí, el último pétalo me regalase un No.
Paso por una tienda de golosinas y entro a comprar sugus de muchos colores para mi enfent terrible y su viaje.
Como no tengo nada que hacer doy una vuelta tonta antes de entrar en alguna cafetería. Me cruzo con un gato negro que toma el sol. Le saludo. No huye. Le acaricio y me mira con cara de aprobación. Me hubiera gustado tumbarme a su lado, lo confieso.
Entro en una cafetería y pido un café con leche. Me siento en una mesa y blasfemo un poco cuando en la mesa de al lado se sienta un matrimonio con dos niños gritones. Me lío un cigarrillo, remuevo el café y hojeo el libro. Me topo con esta historia:
“Sandra hace el vuelo Londres-Palma de Mallorca. Apenas 1 hora en la que el giro de la Tierra se congela. Hojea la revista British Airways News. Reportajes de vinos Ribeiro, Rioja, las últimas arquitecturas high-tech en Berlín, ventas por correo de perlas Majorica. Sobre una foto de una playa del Caribe le cae una lágrima, pero no por culpa de la playa, ni del Caribe, ni de la gravitación que les es propia a las lágrimas. Mira por la ventanilla, lleva los ojos al frente. Ni nubes ni tierra. Constata lo que ya sabía: en los aviones no existe horizonte”.
Y a mí también se me cae una lágrima, pero en el café. No me importa, por hache o por be siempre lloro en los bares. Sola o acompañada. Mis catarsis emocionales van envueltas en humo de cigarros y olor a pinchos rancios. Pago el café: 1,10. Ya de vuelta a casa me cruzo con un señor altísimo y con sombrero que va cantando “la vida es un carnaval”. Me río. Joder, claro que es un maldito carnaval. Lo que pasa es que algunos llevan la careta de serie. No por feos, si no por cabrones.